Etiqueta: Foro 2026

  • Más que un cierre para KRISARE

    Más que un cierre para KRISARE

    El Foro KRISARE Foroa de 2026 finalizó con su ya tradicional clausura, que además de recoger el contenido de las ponencias, invita a cada persona a llevarse algo vivo, algo que transforme la mirada y el paso.

    Este año, sin embargo, sentíamos que debíamos ofrecer más que un cierre… porque «hay momentos que no terminan cuando se apagan las luces ni cuando concluyen las palabras. Hay momentos que permanecen.«

    Compartimos ambos textos, el que daba colofón al Foro y el que ofrecimos como expresión de «nuestro compromiso a seguir caminando lo mejor que podamos, como iglesia, como sociedad, como mundo, para mejor«.

    Clausura del Foro

    En las ponencias de ayer recibimos una invitación clara y profunda: recuperar la capacidad de escuchar y recuperar la capacidad de situarnos.

    Escuchar para dejarnos afectar. Situarnos para no dejar a nadie en soledad.

    Quizá ese sea el camino que se abre ante nosotros y nosotras:
    crear espacios de silencio fértil en medio del ruido,
    habitar las grietas con fidelidad y creatividad,
    y convertir la indignación en cuidado, en palabra pública, en compromiso que sostiene la verdad.

    Que este foro no termine aquí.
    Que algo de lo escuchado hoy siga resonando mañana.
    Que algo de lo que nos ha tocado hoy se convierta en gesto, en decisión, en presencia.
    Que no volvamos al silencio que condena, sino al silencio que escucha, que despierta y que transforma.

    Porque romper el silencio no empieza hablando:
    empieza dejando que algo nos toque.

    Y algo nos está tocando.

    Entre el grito, la verdad y la voz, se ha dibujado un mensaje común:
    no podemos permitirnos la indiferencia.  
    Ni en la fe, ni en la memoria, ni en la democracia.

    Hoy hemos escuchado que nombrar bien el mundo es un acto de justicia.
    Que recordar a las víctimas es un acto de humanidad.
    Que alzar la voz es un acto de responsabilidad.
    Que indignarse es un acto de amor.
    Y que cuidar la democracia es un acto de esperanza.
    y quizá, ese sea el legado de esta tarde:
    que no estamos aquí para mirar desde lejos,
    sino para ponernos en camino,
    para mancharnos las manos,
    para romper silencios,
    para sostener la dignidad,
    para cantar juntas y juntos, incluso cuando el mundo parece empeñado en apagar la música.

    Que este foro no termine en un aplauso, sino en un compromiso:
    en seguir gritando cuando haga falta,
    en seguir nombrando con verdad,
    en seguir recordando con justicia,
    en seguir cuidando la democracia,
    seguir defendiendo la vida.

    Porque vale la pena —o mejor, la alegría— construir un mundo donde nadie sea descartada, descartado.

    Hemos escuchado historias de migrantes que se ponen en camino porque no les queda otra;
    de madres que transforman el dolor en lucha;
    de personas presas que enseñan el valor del encuentro;
    de niños y niñas que, incluso en medio del horror, siguen diciendo “gracias”.

    Hemos escuchado también el testimonio de quienes, desde Gaza, desde los márgenes del mundo, siguen afirmando su humanidad cuando todo alrededor parece negarla.

    Y quizá esa sea la llamada que nos deja este foro:
    volver a mirar, volver a nombrar, volver a sentir.  
    No permitir que el lenguaje nos robe la compasión.
    No permitir que la distancia nos robe la fraternidad.
    No permitir que el miedo nos robe la voz.

    Que este foro termine recordándonos que la humanidad no se hereda:
    que se elige, se practica, se defiende.

    Y que cada palabra justa, cada mirada limpia, cada gesto de fraternidad,
    es un pequeño acto de resistencia frente a un mundo que a veces parece empeñado en olvidar lo esencial.

    Apoyo al texto «Nuestra diócesis de Vitoria: 10 años después»

    Y así llegamos al final de esta IV edición del Foro KRISARE en Vitoria-Gasteiz. Pero hay momentos que no terminan cuando se apagan las luces ni cuando concluyen las palabras. Hay momentos que permanecen. Y este es uno de ellos. Estamos hoy aquí, hemos estado compartiendo este día y medio, todas y todos somos conscientes del problema que hay en la diócesis de Vitoria, se ha roto el silencio. 

    Esta misma semana hemos conocido la carta de 52 sacerdotes de la diócesis de Vitoria. Una llamada nacida desde la conciencia, desde la fidelidad a la gente y desde el coraje de quienes se niegan a guardar silencio ante lo que consideran injusto. Porque cuando se desprecia la voz de quienes hablan con honestidad, se hiere también la esperanza de toda una comunidad.

    Pero la historia siempre ha demostrado algo: ninguna palabra de desdén puede apagar una verdad dicha con dignidad. Ningún intento de silenciar el diálogo puede detener a quienes siguen creyendo en una Iglesia humilde, cercana y valiente.

    Hoy, desde este Foro KRISARE, queremos decir alto y claro que no están solos. Que su voz ha encontrado eco. Que su valentía honra a quienes creen que la fe no se construye desde el miedo, sino desde la fraternidad, la justicia y la reparación. 

    Porque callar puede ser cómodo. Pero hablar cuando otros prefieren el silencio es un acto de enorme grandeza.

    Y mientras existan personas capaces de levantar la voz con honestidad y conciencia, seguirá habiendo esperanza.

    Nuestra invitación es a seguir caminando en la búsqueda de una salida esperanzada, adoptar la bendición como estrategia para alcanzar un futuro en el que crecer como iglesia en Vitoria.

    Mirémonos ahora unas a otros, reconozcamos, bien-digámonos… y, finalmente, traslademos quienes somos… más allá de quienes estamos hoy aquí. Con compromiso, con servicio, seguir caminando, lo mejor que podamos, como iglesia, como sociedad, como mundo, para mejor. 

    Especialmente a todos ellos, los sacerdotes de la diócesis de Vitoria… y también a tantas mujeres, y otros hombres, que dentro y fuera de la Iglesia sostienen y rompen silencios cuando hace falta:

    ¡Eskerrik asko, muchas gracias!.

  • ¡Krisare no guarda silencio!

    ¡Krisare no guarda silencio!

    El pasado fin de semana, 8 y 9 de mayo, Vitoria-Gasteiz volvió a convertirse en un espacio de pensamiento crítico, espiritualidad comprometida y diálogo social gracias a una nueva edición del Foro Krisare, bajo un lema tan incómodo como necesario: “El silencio que condena”. Antes incluso del inicio oficial del encuentro, el Foro quiso abrir una puerta a las generaciones más jóvenes mediante la celebración de Gazte Foroa, una iniciativa que reunió a cerca de 250 jóvenes de cinco centros educativos para reflexionar sobre los silencios que atraviesan sus vidas y, de forma particular, sobre una realidad que conocen demasiado bien: el bullying. Fue una manera lúcida de recordar que el silencio no es nunca neutral y que, muchas veces, comienza en las pequeñas violencias cotidianas que terminamos normalizando.

    Durante dos intensas jornadas, voces provenientes del ámbito de la sociología, la teología, el periodismo, la justicia, la memoria democrática y la defensa de los derechos humanos fueron dibujando un diagnóstico común: vivimos en sociedades saturadas de ruido pero profundamente incapaces de escuchar. Un tiempo marcado por la aceleración, la polarización y la anestesia moral. Un tiempo en el que callar ante el sufrimiento ajeno termina convirtiéndose en una forma de colaboración con la injusticia.

    El sociólogo Imanol Zubero abrió el viernes proponiendo una reflexión sobre la diferencia entre el silencio fecundo y el silencio culpable. A partir de pensadores contemporáneos y de la tradición crítica, señaló cómo el sistema actual no necesita prohibir la palabra para neutralizar la conciencia: le basta con mantenernos distraídos, acelerados y emocionalmente agotados. El verdadero problema no sería tanto la censura como la incapacidad de escuchar y de dejarnos afectar por el dolor de los demás. Su análisis apuntó directamente a una cultura de la desatención que convierte el sufrimiento humano en una imagen más entre miles de estímulos consumidos sin tiempo para la compasión ni la responsabilidad. 

    Foro KRISARE Foroa - Carlos Gil

    A continuación, el teólogo Carlos Gil realizó un recorrido por los orígenes del cristianismo y por la figura de Francisco de Asís para plantear una pregunta radicalmente actual: cómo mantenerse fiel al Evangelio sin renunciar a denunciar la injusticia, incluso cuando esta nace dentro de las propias estructuras eclesiales. A través del célebre episodio entre Francisco y el dominico que le interpela sobre la obligación de denunciar al malvado, Carlos Gil mostró las tensiones permanentes entre profecía e institución, entre prudencia y verdad. Su intervención fue, en el fondo, una defensa de una Iglesia capaz de transformarse desde dentro sin renunciar a la fraternidad ni al coraje evangélico. 

    El sábado comenzó con la intervención de la teóloga Pepa Torres, que situó el debate en el marco de un mundo atravesado por la “pedagogía de la crueldad”, el capitalismo de guerra y el crecimiento de los fundamentalismos políticos y religiosos. Su análisis fue especialmente incisivo al denunciar una economía global que produce vidas descartables y alimenta la indiferencia social. Frente a ello, defendió la necesidad de construir comunidades capaces de resistir la lógica del individualismo y de recuperar la centralidad de los cuidados, la justicia social y la dignidad de las personas excluidas. Su mirada, profundamente arraigada en los barrios populares y en las periferias humanas, recordó que el Evangelio no puede separarse de la defensa concreta de quienes sufren. 

    Foro KRISARE Foroa - Paco Etxeberria

    El forense Paco Etxeberria aportó después una reflexión imprescindible sobre memoria, verdad y reconocimiento de las víctimas. Desde su experiencia en exhumaciones y procesos de memoria democrática, insistió en la diferencia entre indicio, evidencia y prueba, subrayando cómo muchas personas siguen siendo invisibles porque sus sufrimientos no han sido todavía reconocidos institucionalmente. Recordó que “sin memoria no hay futuro” y defendió la importancia ética y política de nombrar a las víctimas, identificarlas y devolverles dignidad. En tiempos donde algunos intentan banalizar la memoria democrática, su intervención fue una reivindicación de la verdad como condición indispensable para la convivencia. 

    Foro KRISARE Foroa - Manuela Carmena

    La exalcaldesa y jurista Manuela Carmena aportó una mirada marcada por la experiencia de la dictadura y la transición democrática. Reivindicó la libertad de expresión como “el oxígeno de la democracia” y alertó sobre el progresivo debilitamiento de los valores democráticos, la expansión de discursos crueles y el empobrecimiento del debate público. Carmena expresó una preocupación compartida por muchas personas presentes: la sensación de que la ciudadanía solidaria y compasiva existe, pero no encuentra espacios ni cauces para hacerse escuchar frente al ruido polarizador y el espectáculo político permanente. Frente a ello, llamó a “cuidar la democracia” como una tarea cotidiana y colectiva. 

    Foro KRISARE Foroa - Patuca Fernandez

    La abogada Patricia Fernández Rodríguez —conocida como Patuca Fernández— profundizó precisamente en el poder del lenguaje. Desde su experiencia acompañando a víctimas en contextos migratorios y de exclusión, mostró cómo las palabras pueden ocultar la realidad o revelar la injusticia. Denunció expresiones que deshumanizan —“menores extranjeros no acompañados”, “frontera sur”, “ilegales”— y defendió la obligación ética de nombrar correctamente las cosas para no incrementar el sufrimiento de quienes ya padecen la violencia. Su intervención recordó que el lenguaje nunca es inocente y que nombrar bien es ya una forma de justicia. 

    Cerró el Foro la periodista Teresa Aranguren con un estremecedor recorrido por décadas de conflictos en Oriente Medio y, especialmente, por la tragedia palestina. Su intervención fue un alegato contra el silencio mediático y la manipulación informativa que convierte las guerras en acontecimientos deshumanizados. Recordó cómo impedir la presencia de testigos y periodistas es una forma de garantizar la impunidad de la violencia. Frente a ello, defendió el deber ético del periodismo de identificar las fuentes, contextualizar los relatos y seguir hablando de Palestina para impedir que el silencio termine normalizando el horror. 

    De todas las ponencias emergió una convicción común: el silencio nunca es simplemente ausencia de palabras. Hay silencios que protegen, que permiten escuchar y comprender; pero hay otros que condenan porque legitiman la injusticia, invisibilizan a las víctimas y fragmentan la convivencia. El Foro Krisare quiso precisamente situarse frente a esos silencios culpables, reivindicando la necesidad de una palabra honesta, dialogante y profundamente humana.

    Y quizá esa reflexión tenga hoy una resonancia especialmente cercana en la propia Iglesia de Vitoria. Sin necesidad de estridencias o descalificaciones, el clima vivido en el Foro dejó entrever una sensibilidad ampliamente compartida hacia quienes, desde dentro de la comunidad eclesial, han expresado públicamente su dolor y preocupación por la creciente fractura que atraviesa la diócesis. La carta firmada recientemente por 52 sacerdotes, reclamando caminos de escucha, diálogo y restauración de la comunión, conecta profundamente con el espíritu que atravesó estas jornadas: la convicción de que el Evangelio no puede vivirse desde el miedo, el silencio impuesto o la descalificación mutua, sino desde la escucha sincera y la búsqueda humilde de encuentro.

    Porque, al final, el gran desafío que dejó planteado el Foro Krisare es precisamente ese: cómo seguir construyendo humanidad en medio del ruido, cómo mantener viva la compasión en tiempos de indiferencia y cómo recuperar una palabra que no sirva para herir o dividir, sino para sanar, denunciar la injusticia y abrir caminos de esperanza compartida.

    Publicado en Religión Digital (11 mayo 2026).

  • Ya va siendo hora de romper el silencio

    Ya va siendo hora de romper el silencio

    A pocos días de la celebración del Foro KRISARE en Vitoria-Gasteiz, los próximos 8 y 9 de mayo, su lema —“El silencio que condena”— interpela con una claridad difícil de esquivar. No se trata solo de una consigna sugerente, sino de una denuncia directa: hay silencios que pesan, que hieren y que sostienen injusticias. Silencios que, más allá de una opción que se puede considerar de cuidado a nivel individual, y lejos de ser neutrales, terminan posicionándose del lado de quienes tienen el poder.

    Vivimos en un tiempo donde el ruido es constante, pero eso no significa que haya más verdad ni más justicia. A menudo, el exceso de palabras convive con silencios profundos: silencios ante la desigualdad creciente, ante la precariedad estructural, ante el sufrimiento de quienes quedan en los márgenes. Silencios que no están hechos para acallar el foro interior, y escucharse, y escuchar… y que pueda brotar algo mejor y constructivo… sino esos silencios que no son casuales: que nacen del miedo, de la comodidad, o de una indiferencia aprendida que anestesia la conciencia.

    Romper esos silencios es, hoy, una tarea urgente

    Porque cuando callamos ante la injusticia, no solo dejamos de acompañar a las víctimas, sino que contribuimos —aunque sea de forma indirecta— a perpetuar las estructuras que las generan. La historia, tanto civil como eclesial, está llena de ejemplos donde el silencio de las mayorías permitió el avance de dinámicas profundamente inhumanas.

    En el ámbito cristiano, esta cuestión adquiere una densidad particular. La fe en un Dios encarnado no permite refugiarse en espiritualidades evasivas ni en discursos abstractos que ignoran la realidad concreta. Como recuerda la teóloga Pepa Torres —una de las ponentes de esta edición del Foro KRISARE— en su artículo de gran lucidez (“Conspirar”, 2021): 

    “La espiritualidad no es una terapia anti-estrés, sino que nos ubica en un horizonte habitado por un Dios solidario con las víctimas, (…)”.

    Esta afirmación desarma muchas coartadas. Si Dios está del lado de quienes sufren, el silencio ante su sufrimiento no puede justificarse como prudencia ni como neutralidad. Es, en el mejor de los casos, una desconexión; en el peor, una forma de complicidad.

    Pepa Torres va más allá al denunciar un problema de fondo en ciertos sectores eclesiales: la separación entre lo espiritual y lo material, entre la fe y la vida concreta. Ese dualismo —todavía presente— permite que se elaboren discursos elevados sobre la moral o la doctrina mientras se desatienden las condiciones reales en las que viven las personas. Y ahí, nuevamente, el silencio juega un papel clave: se habla mucho de algunos temas, pero se calla sobre otros que afectan directamente a la dignidad humana.

    No es difícil reconocer esta dinámica en nuestro entorno más cercano. En muchas ocasiones, los poderes eclesiales han asumido un papel de autoridad moral desde posicionamientos claramente conservadores, presentando como inmutables opciones que en realidad responden a contextos históricos y culturales concretos. Cuando lo humano se absolutiza y se reviste de divino, el margen para la crítica se estrecha, y el silencio se convierte en refugio para quienes no comparten esas posturas pero temen las consecuencias de expresarlo.

    En la diócesis de Vitoria, sin necesidad de entrar en polémicas estériles, se percibe un clima donde no pocas voces experimentan dificultad para ser escuchadas. Cuando la gobernanza se inclina hacia formas rígidas y poco dialogantes, el riesgo no es solo la división, sino la generación de un silencio denso, incómodo, que no nace de la comunión sino de la distancia. Y ese silencio, aunque no siempre visible, va erosionando lentamente el tejido comunitario.

    Sin embargo, no todo es resignación. Allí donde el silencio parece imponerse, surgen también pequeñas resistencias: comunidades que hablan, colectivos que se organizan, creyentes que —desde su compromiso con el Evangelio— deciden no callar. Es lo que la propia Pepa Torres sugiere cuando invita a “conspirar”, es decir, a tejer redes de cuidado, de justicia y de esperanza en medio de la crisis.

    Romper el silencio no significa gritar más alto, sino hablar con verdad. Implica asumir riesgos, sí, pero también abrir caminos. Significa poner palabras a lo que duele, a lo que incomoda, a lo que necesita ser transformado. Y hacerlo no desde la confrontación estéril, sino desde una fidelidad profunda al Evangelio, que nunca fue neutral ante la injusticia.

    Jesús de Nazaret no construyó su misión sobre el silencio cómplice. Su palabra fue clara frente a la hipocresía, firme ante la exclusión, cercana con quienes sufrían. Recuperar esa memoria no es un ejercicio piadoso, sino una exigencia ética.

    El Foro KRISARE puede ser, en este sentido, mucho más que un espacio de reflexión. Puede convertirse en un lugar donde ensayar esa palabra necesaria, donde compartir experiencias, donde reconocer silencios y empezar a transformarlos. Porque solo cuando el silencio se rompe, la injusticia empieza a tambalearse.

    Quizá la pregunta que queda flotando es sencilla, pero decisiva: ¿qué estamos callando hoy que no deberíamos callar? Y, sobre todo, ¿qué pasos estamos dispuestos a dar para que nuestra palabra —personal y comunitaria— deje de condenar y empiece, de verdad, a liberar? ¿cómo hacerlo?

    Nos vemos en el Foro…

    Publicado en Religión Digital (1 mayo 2026).

  • IV Foro KRISARE: El silencio que condena – Isilik geratzearen eragina

    IV Foro KRISARE: El silencio que condena – Isilik geratzearen eragina

    En tiempos de consignas estridentes y trincheras ideológicas, el silencio ya no es neutral: es una toma de partido. Cuando los totalitarismos —viejos o reciclados— y los fanatismos —religiosos, políticos o culturales— avanzan, rara vez lo hacen solo por la fuerza de quienes los impulsan; prosperan, sobre todo, por la comodidad de quienes miran hacia otro lado. Por eso hoy resulta más urgente que nunca reivindicar a quienes rompen el silencio. A quienes, cargados de razones y sin más escudo que su conciencia, se atreven a decir “no” cuando todo empuja al asentimiento.

    Pero sería un error reducir esa valentía a los nombres que ocupan titulares. La verdadera resistencia también se cocina cerca: en las oficinas, en los talleres, en las aulas, en los pasillos del hospital, en la parroquia, en una reunión de la comunidad del vecindario o en el comedor de casa. Personas normales y corrientes que, con humildad y sin épica, alzan la voz en su entorno: la trabajadora que denuncia una práctica abusiva aun sabiendo que puede costarle el puesto; el funcionario que se niega a firmar un atropello administrativo; la docente que no consiente el acoso en su clase; la sanitaria que planta cara a la deshumanización; la voluntaria que acompaña a quien nadie mira; el vecino que desactiva un comentario racista con datos y respeto. A veces esa voz se alza frente a jerarquías injustas —en la empresa, en la administración, en el ámbito eclesial— que confunden autoridad con imposición. Otras se expresa en actos sencillos del día a día: hacer lo correcto cuando nadie aplaude.

    En Vitoria-Gasteiz, hablar de silencio, miedo y dignidad tiene una resonancia especial. Cada 3 de marzo la ciudad recuerda lo ocurrido en 1976, cuando una asamblea de trabajadores en la iglesia de San Francisco de Asís (en el barrio obrero de Zaramaga) terminó en tragedia: cinco personas asesinadas por disparos policiales y decenas de heridas. Aquella jornada no es solo una fecha: es una herida y, a la vez, una brújula. Nos recuerda que hubo quienes se organizaron, hablaron y reclamaron derechos en un contexto de represión; y también que el silencio institucional prolonga el dolor de las víctimas. Recordar hoy esa efeméride no es un gesto ritual: es un compromiso activo con la verdad, la justicia y la memoria.

    Con esa memoria de fondo —y con la mirada puesta en los desafíos actuales— cobra especial sentido la cuarta edición del Foro KRISARE de Vitoria-Gasteiz, que bajo el título “El silencio que condena – Isilik geratzearen eragina” pone el foco precisamente en esa responsabilidad ética de no callar ante la injusticia. Y aquí conviene subrayarlo con claridad: las personas que encarnan en este artículo esa llamada a la razón y a la palabra valiente son, precisamente, las ponentes de esta edición del foro. Voces distintas, trayectorias diversas, un mismo hilo: la convicción de que la dignidad no se negocia y de que hay silencios que condenan.

    El sociólogo Imanol Zubero aporta una mirada imprescindible sobre convivencia, memoria y responsabilidad cívica. Su trabajo invita a pensar cómo las sociedades se fracturan cuando normalizan la indiferencia y cómo se recomponen cuando se hacen cargo de su propia responsabilidad colectiva.

    El teólogo Carlos Gil representa esa dimensión de la palabra que de la conciencia ética. Su reflexión insiste en una fe que no se repliega en la intimidad, sino que se compromete con la justicia y con los derechos humanos, sin maquillajes ni coartadas piadosas.

    La teóloga y activista Pepa Torres ha alzado la voz desde los márgenes, acompañando a colectivos vulnerables y reclamando una Iglesia menos temerosa, más inclusiva y más coherente. Su testimonio recuerda que también dentro de lo eclesial hay estructuras que necesitan ser interpeladas con valentía y ternura a la vez.

    El forense Paco Etxeberria ha hecho de la verdad un servicio público. Su labor, vinculada a la dignificación de víctimas y a la memoria histórica, demuestra que la ciencia no es neutra cuando se pone al servicio de los derechos humanos: puede ser una forma de justicia y de reparación.

    La exalcaldesa Manuela Carmena, con una trayectoria marcada por la defensa del Estado de derecho, encarna una manera de ejercer lo público sin caer en el grito ni en el sectarismo. En tiempos de atajos autoritarios, su voz insiste en lo esencial: garantías, humanidad, ética y diálogo.

    La abogada Patricia Fernández (Patuca), centrada en la defensa de los derechos humanos y de personas migrantes y refugiadas, encarna la valentía práctica: la que se ejerce en expedientes, fronteras, centros de internamiento, pasillos judiciales y acompañamientos discretos. Donde otros ven cifras, ella insiste en ver personas.

    Y la periodista Teresa Aranguren, con una larga experiencia en zonas de conflicto, ha contribuido a iluminar realidades que el poder preferiría mantener en sombra. Su mirada crítica sobre la guerra y la manipulación informativa subraya que el periodismo, cuando es honesto, también es una forma de resistencia.

    El Foro KRISARE, con este elenco de ponentes, no propone un mero ciclo de conferencias. Propone un espejo. Nos pregunta qué hacemos cada uno, cada una de nosotras con lo que vemos, con lo que sabemos, con lo que intuimos que está mal. Nos recuerda que la democracia no se defiende solo en los parlamentos, sino también en la vida diaria: en cómo tratamos al diferente, en cómo reaccionamos ante la mentira repetida, en si nos atrevemos a llamar a las cosas por su nombre. Y en una ciudad que cada año vuelve a mirarse en el 3 de marzo, esa pregunta tiene todavía más peso.

    La inscripción para esta cuarta edición ya está abierta y la invitación es clara: participar, escuchar, intercambiar ideas y salir de allí un poco menos dispuestos a callar cuando toque hablar. Todo indica que esta edición cuenta con un cartel de aúpa, seguramente de los más espectaculares hasta la fecha; pero incluso más allá del cartel, lo importante y decisivo será: qué hará cada asistente con lo escuchado. Porque siempre llega un momento en que la historia —la grande y la pequeña— nos pone delante la misma disyuntiva: el silencio que condena o la voz que sostiene la dignidad.

    Publicado en Religión Digital (5 marzo 2026).

  • El silencio que condena – Isilik geratzearen eragina: Foro KRISARE Foroa 2026

    8 mayo @ 18:00 9 mayo @ 21:00

    Con el lema El silencio que condena – Isilik geratzearen eragina, queremos profundizar en las raíces de ese silencio ante la injusticia como una forma más de violencia. Nuestra “no intervención”, no es un acto de neutralidad. Cuando no denunciamos la injusticia, la desigualdad o el sufrimiento ajeno, dejamos que esas situaciones persistan.

    Sin embargo, en el núcleo de nuestra fe encontramos una fuerza incontenible que nos permite trascender el miedo e irrumpir en el silencio. Esta fuerza nace de la compasión y la ética de la justicia, elementos centrales del mensaje bíblico.

    Creemos firmemente que cada palabra pronunciada desde el respeto y la verdad tiene el poder de transformar nuestro entorno. No se trata solo de denunciar, sino de proponer, de construir puentes, de renovar nuestro compromiso con la paz y el entendimiento mutuo. El diálogo es nuestro mejor aliado para crear comunidad y esperanza; la implicación de forma colectiva y concreta en actuaciones, proyectos… las herramientas para llevarlas a cabo.

    Foro Krisare Foroa

    Ver el sitio web del Organizador

    Auditorio Francisco Vitoria (Palacio Europa)

    Avenida Gasteiz 85
    Vitoria-Gasteiz, Spain 01009
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  • Presentación Foro 2026 y libro Cristianismo Radical

    Presentación Foro 2026 y libro Cristianismo Radical

    22 enero @ 19:00 20:30

    El jueves 22 de enero a las 19:00 presentaremos el Foro KRISARE Foroa 2026, que llevará por título ”El silencio que condena.” El encuentro tendrá lugar en la Biblioteca de la Florida, en Vitoria-Gasteiz.

    Contaremos con la presencia del teólogo Juan José Tamayo, quien presentará su libro ”Cristianismo Radical”, una invitación a volver a la raíz de nuestra fe.

    Será una ocasión fantástica para reencontrarnos y seguir dando pasos en favor de la justicia y la solidaridad.

    +Krisare - Presentación del libro Cristianismo radical, de Juan José Tamayo

    Detalles

    • Fecha: 22 enero
    • Hora:
      19:00 – 20:30
    • Categoría de Evento:
    • Etiquetas del Evento:

    Organizador

    Auditorio Francisco Vitoria (Palacio Europa)

    Avenida Gasteiz 85
    Vitoria-Gasteiz, Spain 01009
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  • Vencer el miedo para romper el silencio

    Vencer el miedo para romper el silencio

    El silencio es el aliado más eficaz de la injusticia. Permite que el poder, sostenido por la sombra y el miedo, actúe sin contrapeso. En un mundo dominado por un capitalismo despiadado que denigra a las personas, perpetúa la pobreza y pisotea los derechos humanos, romper este silencio no es solo un acto de valentía cívica, sino un imperativo ético y, para los creyentes, profundamente religioso.

    La aguda reflexión de la teología contemporánea nos ha señalado la raíz del problema. Como indica José María Mardones en el primer capítulo de su libro Matar a nuestros dioses, la vulnerabilidad y la incertidumbre son constitutivas del ser humano. Somos seres frágiles, susceptibles de ser heridos, y es de este temor a la herida o al extravío de donde brota el afán de poder. Miramos hacia el poder —político, económico o incluso religioso— para que nos proporcione la coraza que nuestra condición parece necesitar. En este sentido, el miedo es el origen y el sostén del dominio.

    El sistema capitalista actual es un maestro en la instrumentalización de este miedo. Nos paraliza con la amenaza del desempleo, la exclusión y la precariedad, logrando un silencio cómplice: el del trabajador explotado que no denuncia, el del ciudadano que ve la injusticia y se encoge de hombros. Este dominio se basa en la inmovilización de las conciencias.

    Sin embargo, en el núcleo de nuestra fe encontramos una fuerza incontenible que nos permite trascender el miedo e irrumpir en el silencio. Esta fuerza no nace de la autodefensa, sino de la compasión y la ética de la justicia, elementos centrales del mensaje bíblico.

    Si el poder que oprime se basa en el miedo, la fuerza que lo cuestiona y lo derrota nace del Amor Liberador. El profeta Isaías nos urge a la acción: «Aprender a hacer el bien, buscar la justicia, socorrer al oprimido, hacer justicia al huérfano, defender a la viuda» (Isaías 1:17). Este llamado es una invitación a sustituir el temor paralizante por la indignación creadora.

    La palabra dicha en voz alta es la herramienta clave. Romper el silencio es ejercer la palabra profética que nombra la realidad por su nombre: la explotación es un pecado social, la desigualdad es violencia. La palabra compartida desenmascara el poder y disuelve el miedo individual en la fortaleza colectiva.

    El Dios de Jesús, el que se revela en la vulnerabilidad y la impotencia de la cruz, no es un ser terrible que infunde temor: «En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor» (Juan 4:18). La fe adulta nos llama a imitar el valor de Jesús, quien confrontó las estructuras de poder de su tiempo: echó a los mercaderes del templo, denunció la hipocresía de los poderosos y eligió el camino de los últimos. Nuestro mayor miedo no debería ser el riesgo personal, sino el de ser infieles a esa identificación divina con los excluidos y oprimidos.

    Vencer el miedo al silencio es un acto de madurez espiritual y social. Es negarse a que nuestra fragilidad sea el cimiento de la dominación. Es transformar la cobardía en una valentía basada en el Evangelio, alzando la voz por la dignidad humana y desafiando a los ídolos de la riqueza y la opresión.

    ¡Que la palabra se alce y el silencio ceda ante la fuerza de la justicia!

    Publicado en Religión Digital (26 octubre 2025).

  • El silencio que también condena

    El silencio que también condena

    En tiempos donde la crispación política y social va en aumento, las personas cristianas —y particularmente las instituciones que se dicen herederas del mensaje evangélico— están llamadas a dar testimonio. No cualquier testimonio, sino uno que sea claro, valiente y encarnado en la realidad. Sin embargo, en muchos rincones de Europa, ante el ascenso del racismo, la xenofobia y los discursos excluyentes, lo que impera no es el compromiso, sino el silencio. Y ese silencio pesa.

    Una Europa tentada por el miedo

    La Europa del siglo XXI —que tantas veces se ha proclamado como bastión de los derechos humanos— está dejando grietas abiertas por las que se cuela, cada vez con más fuerza, un discurso de odio que se alimenta de la frustración y la precariedad. No es un fenómeno nuevo, pero sí se ha intensificado con una velocidad preocupante. Y lo que resulta más alarmante es que este discurso ya no es patrimonio exclusivo de partidos marginales: ha sido normalizado, blanqueado y traducido en leyes, restricciones y campañas que apuntan directa o indirectamente contra las personas que, por uno u otro motivo, se encuentran en situación de vulnerabilidad, en especial las migrantes.

    La política institucional, desgastada y a menudo más ocupada en la aritmética electoral que en la construcción del bien común, ha sido incapaz de generar respuestas sostenidas. En ese vacío, crecen los populismos de ultraderecha, que convierten el miedo en programa de gobierno. Su avance no habría sido posible sin la pasividad —cuando no la complicidad— de muchos actores políticos, mediáticos y sociales. Y entre estos actores, hay que decirlo con serenidad pero con firmeza, se encuentra también la Iglesia Católica.

    Silencios en lugares donde más duele

    En diversas localidades del sur de Europa, donde la población migrante constituye una parte fundamental del tejido económico y social —en especial en sectores como la agricultura o el cuidado de personas—, han tenido lugar recientemente concentraciones marcadas por tensiones, protestas agresivas y expresiones abiertas de odio. Lo más preocupante no ha sido solo la aparición de esos focos de violencia verbal o simbólica, sino la frialdad con la que se ha respondido desde instancias institucionales y eclesiales.

    Es en esos contextos concretos, donde la dignidad humana se ve vulnerada en la vida cotidiana, donde se esperaría una palabra clara, una homilía que consuele y denuncie, una parroquia que acompañe, un obispo que tome postura. Pero, en demasiados casos, lo que ha prevalecido ha sido la neutralidad o “algo peor” la indiferencia disfrazada de prudencia.

    ¿Dónde está la “opción preferencial por los pobres”?

    Desde el Concilio Vaticano II, y especialmente con la irrupción de la teología de la liberación, la Iglesia ha repetido que la opción preferencial por los pobres es una exigencia del Evangelio. Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han insistido en ello, aunque con tonos y acentos distintos. Pero si esa opción no se traduce hoy en una defensa clara de las personas cuando migramos —que son algunas de las situaciones de mayor empobrecimiento, persecución y desprotección de nuestro tiempo—, ¿dónde queda su coherencia?

    El Evangelio no habla de tolerancia tibia, sino de hospitalidad radical: “Fui forastero, y me recibisteis” (Mt 25,35). La acogida no es una opción decorativa, sino una dimensión esencial del seguimiento de Jesús. Y esto debería tener consecuencias visibles en la vida de las comunidades cristianas, en sus posicionamientos, en sus intervenciones públicas.

    La voz ausente

    Durante el pontificado del papa Francisco, hubo momentos en los que Roma habló claro. “No se trata solo de migrantes”, decía el lema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado de 2019, una campaña cargada de profundidad teológica y política. Francisco señaló una y otra vez que el problema de fondo es la insensibilidad que nace del egoísmo, la idolatría del mercado, la indiferencia frente al sufrimiento ajeno. Pero esos gestos proféticos han perdido fuerza en los últimos tiempos.

    El nuevo Papa —más reservado, más institucional, menos inclinado a los gestos audaces— no ha asumido hasta ahora una posición clara y sostenida sobre este tema. Su lenguaje es más diplomático, menos confrontativo. La preocupación por la unidad eclesial y la prudencia pastoral parecen haber eclipsado la denuncia profética. Y así, mientras comunidades migrantes son atacadas, mientras se multiplican los discursos que los presentan como amenaza, mientras se cierran puertas y se levantan muros —reales y simbólicos—, la Iglesia calla.

    Una red con capacidad para transformar

    La Iglesia tiene una red inmensa. Está presente en casi todos los municipios de Europa. Tiene púlpitos, micrófonos, colegios, centros de acogida, y sobre todo, personas comprometidas. No se le puede exigir que lo haga todo, pero sí se le puede —y debe— pedir que no se desentienda. Porque cuando el mensaje que llega desde muchas parroquias es la neutralidad, o incluso el miedo al “otro”, se traiciona al Evangelio y también a la vocación humanista que ha forjado lo mejor de la cultura europea.

    No se trata de hacer política partidista. Se trata de defender principios evangélicos y humanos: la dignidad, la justicia, la fraternidad universal. Los valores del Reino de Dios, en definitiva.

    Verano, tiempo de definiciones

    Quizá el verano no sea el momento más propicio para grandes debates, pero sí puede ser el tiempo del examen de conciencia. ¿Qué Iglesia queremos ser? ¿Una que acompaña el malestar del pueblo desde una mirada de esperanza y solidaridad, o una que deja pasar el odio disfrazado de preocupación social?

    Desde el Foro KRISARE, creemos que aún estamos a tiempo. Pero para ello, la Iglesia —toda ella: jerarquía, clero, laicado— debe romper el silencio y levantar la voz. No por estrategia, sino por fidelidad. No por moda, sino por fe.

    Os deseamos un buen verano…

    Publicado en Religión Digital (26 octubre 2025).